La vida puede llegar a dar tal cantidad de
vueltas que ni uno se imagina. ¿Quién hubiera podido decir que íbamos a
terminar así aquí sentados, junto a los espejos? Aunque no me atrevo siquiera a
usar la palabra “terminar” porque ¿quién no me asegura a mí que esto no sea más que
otro principio?
Ayer nos contaron que unos tipos bastante
impertinentes habían estado echando fotos a los que estábamos haciendo
equilibrios en las vigas.
Que alguien se había sentado en tazas de té
gigantes y reía como una matraca vieja.
Elefantes de colores querían alcanzar la
mecedora mientras cientos de caballos de ojos mate nos movíamos estáticos
persiguiendo tigres, cisnes, cerdos y gacelas atravesados por barras de metal
brillante y grasiento.
Cuando vuelvan los demás chicos, vamos a ver
si los convencemos para que suelten los peces.
Tienen escamas de plumas y nosotros agallas
de pulmón porque es más fácil volar con aletas y caminar sin pies.
Aún así, la vida da demasiadas vueltas. Basta
con que el de la cabina apriete de nuevo el botón y empezamos a girar al compás
de esta musiquita machacona y pegadiza que nos eriza los pelos de cartón
piedra.
Este texto nace de una ilustración
de mi muy querida confabuladora
¡Visítenla!
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Hombres-pez de Inés Vilpi |