![]() |
Ilustración de Inés Vílpi |
Antes estaba en el corral, sentada encima de
su huevo calentito, pensando en lombrices frescas. Después del susto, está todo
a medio oscuras. La caja en la que la han metido está medio cerrada y solo deja
ver la mitad de lo que pasa.
Por fuera, pasa de todo. Pasa una trenza con niña
a la que le faltan los dientes. Pasa una risa de bisagra oxidada que sale de
una boca de dientes de conejo de niño. Pasa un tirachinas subido en la cinturilla
de un pantalón que anda sobre las piernas de otro niño con lengua chismosa que
susurra en una oreja cubierta de pelo lacio y grasiento que está pegada a la
cabeza de otro niño más. Pasan unos rizos rubios y una camisa de cuadros con
tirantes. Pasan unos tacones rojos de zapato de charol que transportan unas
piernas largas que acaban en un brazo con mano y uñas moradas que saludan de
lejos.
Un rato largo no pasa nada, pero de pronto
pasan corriendo ocho piernas.
La que va dentro de la caja es la que más
miedo tiene. Sabe que solo quiere estar encima de un huevo calentito y ahora se
le escurren las patas en el cartón. Tiene miedo porque solo ve la mitad de lo
que pasa. Porque solo ve y sabe a medias y no hay nada peor para una gallina
que una caja entreabierta.